El siglo XVI es el de mayor esplendor artístico de la villa, floreciendo en Miranda un importante foco de escultura romanista, cuyo máximo exponente sería Pedro López de Gámiz. La imaginería local y el buen hacer en la talla de madera dan fama a la villa, y durante siglos se mantienen activos talleres de cierto renombre.

A mediados del siglo XVIII, la villad había iniciado su progreso con la instalación de algunos talleres artesanos, fábricas de cuero y molinos de algunos talleres artesanos, fábricas de cuero y molinos comunales. A finales de esta centuría, y dentro del reformismo borbónico, se produjo un afán urbanístico sujeto a una tendencia artística, el neoclasicismo, que en nuestra ciudad tuvo además carácter de necesidad ya que a raíz de la riada de 1.775 desaparecieron numerosos edificios de la villa, entre ellos el Ayuntamiento y el mismo puente. La construcción de un nuevo puente fue encargada al arquitecto riojano Francisco Alejo de Aranguren, quien posteriormente, y junto a Santos Ángel de Ochandátegui, ejecutó las obras del nuevo Ayuntamiento con mayor de la Villa y Corte de Madrid, por lo que el edificio es un fiel reflejo de la estética neoclasicista impuesta por la Academia.

En 1.795, cuando las tropas de la convención francesa invaden España, el frente de guerra se estabiliza en la linea del Ebro. Los mirandeses impidieron entonces que las fuerzas invasoras traspasasen la barrera natural del río, volviendo los franceses sobre sus pasos a firmarse la paz en el Tratado de Basilea. Años después, en la Guerra de la Independencia, el ejercito francés expolió la villa de Miranda, llevándose en su retirada un valioso botín económico y artístico.

Cuando corría el tumultuoso segundo tercio del siglo XIX -con los fraticidas conflictos entre isabalinos y carlistas asolando el solar patrio- Miranda de Ebro vuelve a resonar con fuerza en el fragor de las revueltas por dos hechos acaecidos en la entoces villa: el severisimo consejo de guerra, fue condenado a pena de muerte y fusilado el célebre general carlista Carnicer; en la rebelión de las tropas del regimiento de Segovia, acontonadas en nuestra ciudad, fue asesinado en la Casa de las Cadenas por los soldados amotinados el General en Jefe de los Ejércitos del Norte, Don Rafael Ceballos Escalera.

Históricamente agrícola y ganadera, Miranda tenía a mediados del siglo XIX cierto peso como centro comercial de la comarca. Más del 55% de la población activa se dedicaba entonces a los trabajos del campo, contando por otra parte la localidad con algunos molineros harineros, cinco telares, cuatro fábricas de curtidos y varias tiendas. A principios del siglo XIX, se había instalado algunas pequeñas industrias papeleras, preludio de alguno de los sectores que mayor peso alcanzaría en la ciudad. Su población, sin embargo, había disminuido, a causa de hambres y epidemias, de los 2.077 habitantes del año 1.827 a los 1.742 del año 1.848.

El gran despegue mirandés se produce en 1.864, con la creación de las líneas ferroviarias Madrid-Irun y Tudela-Bilbao, traducida en un pujante crecimiento poblacional, en la diversificación funcional de núcleo con la aparición de las primeras industrias de cierta dimensión, y en la multiplicación de su sector comercial. Iniciada la primera de las líneas por la "Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España" en 1.856 y la segunda en 1.857, en el año 1.864 estaba en activo ambas líneas en nuestra ciudad. Entre 1.848 y 1.860, la población crecía un 66%, ascendiendo a 2.896 habitantes, como consecuencia de las obras de construcción y puesta de explotación de las líneas férreas. Los veinte establecimientos comerciales en 1.854 pasan a ser ochenta y uno en 1.890, y se crea pequeñas fábricas de transformación de productos agrícolas, tejería, loza, papel, curtidos y jabón. En 1.891 La Sociedad "Tobalina, Zarate y Cía" crea la primera central eléctrica local.

 

 

 

 

    

 

 

 

 

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En el bajo medievo, Miranda de Ebro adquiere -gracias a su Carta Fura de Repoblación, concedida por Alfonso VI en el año 1.099- un notable peso económico, ya que por su puente debían pasar y tributar obligatoriamente todas las mercadurías que se dirigían a las Vascongadas, Burgos y La Rioja; de su período gremial, nos hablan los nombres de algunos cantones y rasgos costumbristas de evidente sabor medieval. El privilegio foral contribuiría sin duda a la aparición de una creciente actividad mercantil.

Complementariamente, el 27 de noviembre de 1254, el rey Alfonso X el Sabio otorgaba en la ciudad de Burgos a Miranda el privilegio de celebrar la denominada "Feria de Mayo". El 2 de abril de 1.332, era Alfonso XI quien concedía en Vitoria a nuestra localidad el privilegio de celebrar una segunda Feria anual: la "de Cuaresma", más tarde denominada "del Ángel" y de "de Marzo". No se trataba de fenómenos particulares, sino de actos enmarcados dentro de una política general de potenciación de las ferias como elemento dinamizador de la economía e, indirectamente, del afianzamiento poblacional. Refiriéndonos: la necesidad de seguir manteniendo una población importante en un lugar geográficamente tan estratégico como era el de la Villa de Miranda dadas las continuas tensiones políticas y sociales de la época, y el interés del Monarca en que la población mirandesa continuara creciendo en un momento en el que probablemente empezaban a notarse los primeros indicios de la recesión económica del XIV. Se establecían, por lo tanto, en el otorgamiento de 1.332 una serie de facilidades encaminadas a lograr la atracción del mayor número posible de mercaderes, entre las que cabe destacar la seguridad personal y la exención fiscal de todo tributo, incluido el portazgo, a cuantos llegasen a nuestra población durante los días de feria. Garantías que incluían el establecimiento de la pena para quien transgrediera la normativa legal: una sanción de cien maravedíes.

En el último tercio del siglo XIV, la villa amurallada ve potenciado su aparato defensivo con la construcción de una castillo en el Cerro de la Picota, ordenada por el Conde Don Tello. Convivieron segularmente en la urbe cristianos y judíos; tras la expulsión de éstos, su sinagoga fue durante algún tiempo sede del Ayuntamiento en virtud de una merced de los Reyes Católicos.

 

Desde sus orígenes, la historia mirandesa aparece determinada por su excepcional posición geográfica. A caballo en La Rioja, el País Vasco y Castilla, ha sido, a través de los siglos, una pieza estratégica y comercial de primer orden. Sus importantes vías de comunicación fueron el revulsivo que potenció el desarrollo de la ciudad, transformando una economía agrícola-ganadera en otra eminentemente industrial y volcada en los servicios.Paralelamente, cambió el aspecto urbano de la población, que rompió la seguridad de sus murallas para expandirse con fuerza ocupando ambas márgenes del río Ebro.

Poco conocemos de la prehistoria local. Puede aseverarse -como primer dato fehaciente- que la fértil vega mirandesa estuvo ocupada por comunidades de berones y autrigones. De la dominación romana, aparecen en la comarca numerosos vestigios, descubiertos en muchas de las excavaciones arqueológicas realizadas en la zona. Así, núcleos y barrios cercanos a Miranda aportan testimonios de la época: Cabriana, su villa y necrópolis; Arce-Mirapérez, sus restos arqueológicos; Ircio, su estela miliaria; y, en el vado de Revenga, los restos de un poblado. Datos todos que avalan la importancia del valle, atravesado por las más importantes calzadas romanas así como por numerosas vías secundarias de comunicación.